


Cuando reservé mesa en este restaurante situado en el piso 56 de la torre Montparnasse, la más alta de Paris, estaba segura de que iba a sorprender al churri con una cena en la que íbamos a disfrutar de las mejores vistas nocturnas de la ciudad, pero lo que no tenia tan claro era cómo íbamos a comer.
El resultado final fue que me lleve una grata sorpresa en cuanto a lo agusto que nos sentimos en todo momento, en un ambiente de luz tenue super agradable, y con un servicio amabilísimo, pendientes de nosotros en todo momento pero sin agobiar y siempre con una sonrisa en la boca. Por decir algo negativo, la decoración tipo “ochentera” deslucía un poco el resultado global, sin llegar a estropearlo del todo. Disponen de un menú a un precio bastante razonable para ser Paris que no tenía mala pinta, pero nosotros finalmente nos decidimos por la carta, no muy extensa pero sí bastante variada.
Comenzamos por “la salade de homard aux herbes folles et dentelle d’haricots verts en vinaigrette truffée”, es decir, una ensalada de carne de cangrejo desmigada con una salsilla vinagreta con algo de gusto a trufa. La parte a base de cangrejo no estaba mal, pero quizás algo insípida para lo rimbombante del nombre. La salsa con el toque a trufa quedaba un poco rara y no me emocionó mucho.
A mi lado se decidieron por el “Canard sauvage aux épices et foie gras en boule de pain dans son nid d’herbes”. Se trataba de un muy original plato hecho a base de carne de pato “salvaje” desmigada y setas del tipo trompeta de la muerte, de esas negras y pequeñas. Venía aderezado con una salsa de foie gras un poco fuerte para mi gusto. La gracia del plato es que la carne viene dentro de un bollito de pan, como si fuera el relleno del bollo, y con la salsa aparte. A él le gustó bastante, el bollo tenia una masa muy fina y el gusto le recordaba un poco al de la masa de la empanada.
Yo me lancé a por el bacalao (Croustillant de cabillaud au pesto rosso, pâtes à l’encre de seiche et billes de légumes). El plato consistía en un buen lomo de pescado envuelto en muchos minifilamentos de pasta muy fina, como los fideos chinos, y todo ello al horno. Muy bueno y super original. El bacalao estaba perfecto de sabor, textura y punto de cocción. El plato se acompañaba de unos tallarines negros por la salsa de tinta de sepia que no estaban mal pero no alcanzaban en sabor al lomo de bacalao. Venía con una especie de mousse (en el vasito) que no tengo ni idea de lo que era, pero sin duda fue lo que mas me gustó del plato, ¡qué bueno!
Como esta vez dejamos algo de hueco para el postre, aunque fuese para compartir, estuvimos de acuerdo en tirarnos al chocolate: Le moelleux Tiède au Chocolat «Guanaja» et crème glacée à la vanille gousse. Aunque no dejaba de ser el típico bizcocho de chocolate relleno de chocolate fundido caliente, estaba de muerte, completamente delicioso. Venia con una bola de helado de vainilla que seguro que estaba bueno, pero no le hicimos mucho caso ya a estas alturas de la cena.
Lo mas difícil de elegir en Francia cuando vas a comer a sitios de este tipo es el vino, en las cartas suelen tener una enorme cantidad de vinos franceses separados por D.O. y así “a ciegas” para unos profanos en vinos extranjeros como nosotros es muy difícil decidirse. Elegimos por fin un Bordeaux basados en nuestra excelente experiencia previa la noche anterior en Burdeos catando los vinos de la región: Château Du Barry, un Saint-Émilion Grand Cru 2007. Supongo que nos decantamos por éste en concreto porque la añada nos cuadraba más o menos con nuestros gustos y el nombre nos sonaba bien. Al final resultó estar bastante bueno, con sabor a madera y un toque un pelín fuerte al final, pero tengo que decir que los vinos franceses no me convencen nada. Durante todo el viaje probamos todo tipo de vinos: de la Borgoña, de Alsacia, del Loira, etc. y ninguno se mereció comprar una botella y traerla casa. Quizás tengamos el paladar acostumbrado a nuestros caldos, pero como digo, aunque algún Burdeos nos gusto bastante, ningún vino de los que probamos estaba a la altura de un Ribera, Somontano o cualquier otro de calidad media español en cuanto a variedad e intensidad de gustos. Por no hablar del precio, completamente desproporcionado con el sabor (de la calidad no digo nada, seguramente serán buenísimos), pero de sabor ná de ná. En todas las cartas que vimos las botellas más baratas empezaban por los 30-35 euros y la verdad, se te queda un gustillo desagradable cuando pides un vino al triple de precio de un Ribera de los buenos y luego ni fu ni fa…
En global, la velada resultó única y maravillosa, no tanto por la comida (que finalmente estuvo bastante mejor de lo que me esperaba), sino por el conjunto de un ambiente tranquilo, un servicio agradabilísimo y lo más importante que no hay que olvidar: el inmenso ventanal hacia el que miran todas las mesas… cenar con tu pareja con la Torre Eiffel y la ciudad entera iluminada por miles de luces a vuestros pies hacen de la cena una experiencia inolvidable. Es imperdonable pasar por Paris sin disfrutar de esta experiencia única que sin duda deja a la comida en un segundo plano.

























